24 jul 2012

¿Qué pasó en Tarata?

Grover Pango Vildoso (*)





Una masacre horrísona, espantosa y sangrienta, despertó a Lima un 16 de julio de hace 20 años, aunque el día ya había terminado. Desde entonces, en los recuerdos tembleques y las historias formales, un nombre quedó grabado tal vez para siempre: Tarata.

Aquel año 1992 fue aún más violento que otros. En febrero, el Partido Comunista del Perú – Sendero Luminoso había asesinado con crueldad a María Elena Moyano en Villa El Salvador. Seguro de la falta de reflejos del estado nacional, Sendero Luminoso no sólo atacaba sino que, desde las cárceles, “ejercía el control territorial” y planificaba atentados. Además contaba con que el periodismo, especialmente televisivo, ganaba “rating” trasmitiendo imágenes de sus desfiles militares en plena prisión.

El gobierno de Alberto Fujimori –respaldado por el 80 por ciento de peruanos que aceptaron el “autogolpe” del 5 de abril- dispuso los primeros días de mayo el traslado de los reclusos subversivos del penal “Castro Castro” a otros establecimientos. Acostumbrados a imponer condiciones (que pasaban por obligar a la firma de “actas de compromiso” por parte de las autoridades penitenciarias), pero también entrenados para matar y morir, los terroristas opusieron durísima resistencia, incluso armada. El saldo –juzgado como exceso por la Comisión de la Verdad- fue de 42 terroristas muertos.

Con esos antecedentes llegó julio, a la tragedia que en estos días se recuerda. El lugar, una pequeña calle miraflorina con el nombre de una provincia tacneña y andina: Tarata. El saldo, 25 personas muertas, 5 desaparecidas y algo más de 250 heridas, varios cientos de damnificados y millones de soles en pérdidas.

Pudiera ser que Lima no lograba ser sensible a los atentados del terrorismo senderista o emerretista, a pesar que durante casi toda la década de los 80’ y lo que corría de los 90’ se habían perpetrado en ella graves atentados. Pareciera que, no obstante las crueldades ocurridas y los 37 coches bombas de aquel año, aún no se sentía con suficiente rotundidad que esos atentados “son contra mí también”. Habían muerto asesinados muchos policías, también funcionarios muy importantes y hasta ministros de estado. La propiedad pública volaba en pedazos y lo mismo ocurría con empresas privadas. Pero como que faltaba algo. Y eso fue Tarata.

Lo peor que como sociedad nos puede ocurrir es el olvido y la indiferencia. Si bien el olvido puede tener –en determinadas circunstancias- la saludable consecuencia de cerrar heridas o perdonar equivocaciones, conviene tener muy claro que existen asuntos que “no se deben olvidar”. Uno de ellos es el rechazo a toda forma de imposición, peor si usa el camino de la violencia. Resulta absurdo argumentar que se busca obtener la paz por medio de la violencia. Así sólo se alcanza la paz de los cementerios.

No es menos dañina la indiferencia, madre de esa triste expresión tan peruana: “no es mi problema”. Por la indiferencia no sabemos aún vivir en comunidad y juzgamos que “lo público” no nos concierne. Algo de eso hay en un poema dizque atribuido a Bertolt Brecht -porque su autor original sería el pastor luterano Martin Niemoller- cuando recuerda que los nazis se llevaron presos primero a los judíos, luego a los comunistas, después a los obreros, también a los intelectuales y finalmente a los curas. Pero como él no era ninguno de ellos, no le importó. Entonces termina señalando: “Ahora vienen a por mí, pero ya es demasiado tarde”.


(*) Educador, político y miembro del Partido Aprista Peruano. Fue alcalde Tacna, ex diputado nacional y  ministro de Educación (1985 – 1987). Ha sido Secretario de Descentralización del Consejo de Ministros.

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