4 sept 2011

El rescate de la Constitución de 1979

María del Pilar Tello (*)

"Juro por la patria que cumpliré fielmente el cargo de presidente de la república que me ha confiado la nación por el período presidencial 2011 - 2016; que defenderé la soberanía nacional, el orden constitucional y la integridad física y moral de la república y sus instituciones democráticas, honrando el espíritu y principios de la Constitución de 1979; que reconoceré y respetaré la libertad de culto y de expresión. Y lucharé incansablemente por lograr la inclusión social de todos los peruanos, especialmente de los más pobres".

En el Congreso de la República, en fiesta patriótica, con invitados especiales, los más distinguidos del continente, resonó el juramento del nuevo jefe de estado, flamante presidente que logró en impecable fraseo lo que sus antecesores ni quisieron ni pudieron: renovar el protagonismo y la vigencia ética de nuestra última Carta de raigambre democrática, la de 1979.

Muchos prometieron su retorno pero ninguno cumplió. Ni Valentín Paniagua ni Alejandro Toledo ni Alan García. Solo el militar que se levantó en Locumba en octubre de 1999 contra la dictadura  fujimorista, fue coherente con su discurso e ideales insurgentes. Seguramente recordó esa campaña militar por la que se puso al frente de un grupito de soñadores rebeldes y enfrentó un posible fusilamiento. Lo amparaba el artículo 307 de la Carta de 1979 y lo sigue amparando. La Constitución Política de 1979 no pierde su vigencia porque así lo disponga autoridad espuria. Y nadie debe obediencia a un gobierno usurpador. Su fórmula pétrea ha demostrado serlo y renace 32 años después.

Porque espurio fue Alberto Fujimori mancillándola el 5 de abril, como lo fueron los resultados del cuestionado referéndum que aprobó la Carta vigente que lleva la firma del dictador. Como lo son quienes protagonizan el escándalo buscando despojar de legitimidad constitucional a quien les ganó limpiamente y tiene la suficiente memoria de ideales como para transformar el escenario político con su juramento.

Inteligente, principista, imaginativo juramento que generó todo tipo de reacciones inmediatas e irracionales como las de las fujimoristas Chávez y Salgado. Y otras como la de Lourdes Flores, quien inteligente y serena, encontró en el juramento un fuerte tono simbólico. Los vicepresidentes Marisol Espinoza y Omar Chehade no se amedrentaron por la grosera silbatina y juraron con el mismo simbolismo, con fondo de insoportable e irrespetuoso ruido transgresor de la formalidad y el patriotismo.

No hay fórmulas legales para la juramentación presidencial. Cualquiera es válida y aceptable siempre que evoque principios y creencias profundas, inspiración de vida. Ollanta Humala, como lo evidenció con su posterior discurso, está asumiendo con mística y valores una misión del más alto rango y ha querido comenzarla rescatando la legitimidad de la Constitución de 1979, en la que encuentra verdades fundamentales que lo movilizan.

Defendimos siempre la Carta de 1979, integramos el Comité Cívico por el No y el Foro Democrático para rechazar la Carta que legitimaría la dictadura fujimorista fruto del autogolpe del 5 de abril. Y hoy celebramos con alegría la valentía de Ollanta Humala y su consecuencia doctrinal y jurídica.

Humala es el presidente de la república, “el Jefe de Estado que personifica a la Nación”. No ha violado ninguna norma. Los valores que ha rescatado lo ayudarán en su lucha contra la pobreza, desempleo y corrupción. Son banderas éticas, por las que votó el 53 por ciento de los peruanos el 5 de junio. Como lo demuestra la encuesta de Imasen, sus votantes y sus no votantes celebran este inicio valiente y consecuente de nuestro presidente con un 70 por ciento de aprobación. ¡Punto para Perú!

(*) Doctora en Derecho y Ciencias Políticas, periodista, docente universitaria, ex presidenta del directorio de Editora Perú e integrante del Comité Técnico del Acuerdo Nacional.


 Víctor R. Haya de la Torre, ejemplo de grandeza, honestidad,
entrega y apostolado político e intelectual al servicio del pueblo.
La Carta Magna de 1979 lleva su firma.

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